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ARTICULOS | Carlos Payán

Un breve comentario sobre el arte

En nuestros días la cultura occidental es el paradigma de la civilización moderna que, a través de sus diferentes manifestaciones y la variedad de sus discursos, se asume como una cultura en nombre del progreso, de la razón y del desarrollo. De esta manera y bajo estos preceptos, un gran número de habitantes de Europa y América nos hemos formado una visión particular del mundo; por ejemplo, a diferencia de las culturas antiguas, consideramos la naturaleza como una fuente de recursos y no como una entidad sagrada; interpretamos las religiones como falsas mitologías y privilegiamos el discurso científico o racional; nuestro tiempo es lineal y no cíclico como en las cosmogónias de otras culturas; la filosofía dominante defiende el progreso en detrimento de todo el resto, mientras que algunos pueblos ágrafos proclaman la estabilidad y la conservación. En suma, hemos cambiado lo sagrado por lo profano, lo mágico por lo ordinario, lo poético por lo prosaico, lo imaginario por lo real, lo interno por lo externo. A nuestros ojos el universo está dividido, seccionado y sin ninguna relación pisco-espiritual con nuestra existencia; para los antiguos, el cosmos era un todo en armonía con a la vida.

Bajo esta perspectiva, el arte puede fácilmente convertirse en una simple fuente de diversión, en una simple plataforma donde los artistas están condicionados a las exigencias académicas y profesionales de la eficacia por la eficacia,  las cuales a su vez están sujetas a leyes del mercado. De hecho, si continuamos a asociar el arte con la idea de progreso lineal, a la obsesión individual de « éxito », a la pura perfección de la técnica o al entretenimiento de las necesidades de proselitismo político, será difícil entrever el potencial que el arte porta en sí mismo para trabajar con nuestra propia consciencia y poder reorientar nuestras maneras condicionadas de reaccionar, de pensar y de sentir, que bajo este endormecimiento bloquean un desarrollo más equitativo de nuestras sociedades.

El hecho de querer ver en el arte la belleza por la belleza, puede reforzar la idea sentimentalista de un mundo inteligible y razonable. También puede crear creencias puramente opuestas entre el bien y el mal, las cuales a su vez refuerzan nuestra necesidad de seguridad, de practicidad y confort, todo esto, negando une realidad más compleja, extraña y caótica, esa que el arte nos puede revelar. Ver simplemente la bella imagen del arte no podrá que estar fundada sobre un ideal superficial de belleza complaciente y pasiva, sobre el kitsch.

Por su parte, otra visión sobre el arte nos puede invitar a un largo recorrido a través de la estética, la filosofía, la mitología, la poesía, los símbolos y los signos, el inconsciente, los arquetipos, los sueños o la antropología. En otras palabras, el arte nos introduce a un viaje en el imaginario humano, comprendido este último como la fuerza esencial de la psique, de todo arte verdadero y como fuente de conocimiento interno. En efecto, si el arte tiene una finalidad, quizá sea el intento de mostrar la extrañeza de la realidad y de la existencia, de transmutar -sin querer dar una respuesta unívoca y concreta- los signos de la vida cotidiana en símbolos. Es también el intento de borrar la frontera entre sujeto y objeto, de mostrar su condición meta-histórica y su analogía al progreso lineal e histórico. El arte revive los paradigmas de la condición humana igualmente meta-históricos: la vida, la muerte, la existencia o la inexistencia de Dios, el amor, el dolor…El arte pone en cuestión al ser humano mismo y su relación con el mundo.

En este sentido, es importante poner  bajo los reflectores los recursos que podríamos recuperar del imaginario humano para hacer frente a los problemas existenciales a los cuales estamos confrontados en el mundo contemporáneo -globales y locales, sociales, políticos, psicológicos, económicos, ecológicos- , algo que será  cada vez  más necesario si queremos comprender con más profundidad las realidades globales y personales de nuestro tiempo.

Carlos Payán